lunes, 4 de mayo de 2009

¿EL NACIONALISMO Y EL CRISTIANISMO?

Para hablar un poco del cristianismo Humberto siempre exaltaba, yo creo que uno debe entender a Lutero por que combatía con todas sus fuerzas a la mala Iglesia Católica de su tiempo la cual estaba apoyada plenamente por los judíos (cruzados muy ansiosos por recupera Palestina y financiar las guerras santas). Es ente hecho que se convierte la guerra de los protestantes cristianos católicos en pro - lucha contra el judío - catolicismo (no contra los católicos sino de aquellos representes que gobernaban la iglesia muy mal engañados por alguna secta (masones, judíos, rosacruces) como un absoluto de la religiosidad. No sabemos hasta que punto Lutero tenia información que la Iglesia Católica Romana era manipulada por los judíos, y también hasta que punto sabía que los ritos satánicos y blasfemos del judaísmo se habían metido con su dinero de poder en algunos cardenales y obispo, tanto que despreciaban lo justo de dios para sus fines propios, que eran de origen cabalístico judaico (como son las estrella de cinco punto). Pero, Lutero fue un luchador del cristianismo católico mas puro, y del nacionalismo europeo de su tiempo (que busco una verdad en construir una Biblia para su comunidad y que fuera escrita en su propio lengua alemán y por ultimo comunicar al mundo la verdad de las enseñanzas de dios el nunca quiso dividir la iglesia si no todo lo contrario el busco una verdad que luego termino en una guerra por culpa de los judíos que pedían y exigían la liberación de Palestina a toda costa con el dinero del campesino donde se les engañaban con las exculpación de los pecados ), la Iniciación Solar, del Cristo Gnóstico, contrario a la contra - iniciación judeocristiana, que no permite que el hombre común normal conociera una verdad y pueda definir su propio conceptos de dios de sus actos y luego que ilumine su corazón es por eso que se le califico como un revoltoso de dios, profano de destruir la iglesia hay que recordar y decirle al mundo que Martín Lutero si murió como un católico cristiano no como un protestante o un revoltoso por que el siempre respeto a dios se considero siempre un católico fiel relacionado con su pasado y con su tierra.
Yo creo que para dar fe a mi cristianismo debo poner el recuerdo de las muchas palabras de mi amigo y maestro Humberto Pérez Falcón que se mantuvo siempre muy ligado a su tierra natal como un cristiano y donde el reconocía con orgullo su pequeño distrito que fue su ciudad de nacimiento, el Rimac (las grandes iglesias de ese distrito) y en el amplio paisaje de ese hermoso lugar del Perú colonial que son esas y calles avenidas, balcones, como la primera iglesia cristiana en Sudamérica donde pasearon muchos sabios de nuestra nación y muchos nacionalistas que vivieron ahí y que hoy nadie los menciona, recuerda. Yo le había escrito un día algo muy polémico sobre "si existían los principios de dios en la política " en una carta y que esperaba su respuesta donde luego el contesto dos semana muy posteriores donde me respondió una extensa carta diciéndome Le voy escribir esta nota de un padre salesiano y un joven nacionalista donde cuenta sus ultima devoción cristiana este señor se llama Ramiro Ledesma Ramos Al estallar la guerra civil española fue detenido en Madrid por las milicias" marxistas" y conducido a la cárcel de Ventas. Junto a él y, entre numerosas personas, se hallaba el sacerdote Manuel Villares, gracias al cual se conocieron el último momento de la vida de Ramiro Ledesma. Donde lo relató así: “El último capítulo de la vida de Ramiro Ledesma está todavía inédito. Se conoce su vida como luchador político, pero se desconocen casi completamente las circunstancias de su muerte y los últimos meses de su existencia. Yo he sido testigo presencial expreso el sacerdote en este periodo porque coincidí con él en la cárcel y le traté con mucha intimidad. Nos trasladaron a la cárcel de Ventas. Allí fuimos destinados, de momento, al departamento de lavaderos, porque estaba ya toda abarrotada. Constituíamos una masa heterogénea de presos políticos, golfillos, gentes, predominando un mayor grupo de estudiantes todos salesianos (oratorianos de don Bosco) de la casa de formación Mohernando. Entre otros, recuerdo que estaba también allí Agustín Figueroa, hijo del conde de Romanones. Todos los días por la noche rezábamos el rosario y nos encomendábamos a dios, y después se cantaba el “Cara al Sol”.
Un día le pregunté a Ramiro: -Tú, ¿por qué no rezas también el rosario? El contesto -Cuando yo era chico, lo rezábamos en mi pueblo los domingos, y no creo que haya obligación de rezarlo, y menos todos los días – me contestó porque como nacionalista soy muy cristiano y eso esta marcado en nosotros.
El padre entonces entendió que Ramiro era un católico de tradición y formación familiar y le dio ya de pie para derivar la conversación hacia temas religiosos muy cristianos que Ramiro conocía muy bien. Él no sabía que yo era sacerdote. Vestía de campesino y tenía la documentación de alumno de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos estudios estaba cursando en Madrid.
Nuestras conversaciones sobre temas religiosos se hacían cada vez más frecuentes tenia una concepción de San Francisco de Asís y de Juan don Bosco nunca pensé esto de los nacionalista, pensé siempre que eran ateos pero poco a poco entendía su devoción con dios. Parecía ese día como si presintiera su muerte, y quería llegar a ello con el problema de la fe resuelto... Se mostraba reacio a aceptar la fe si no era por un acto de evidencia, y aquella frialdad intelectual con que abordaba los problemas le hacía desdeñar la vía del sentimiento. Pero Dios que toco siempre su corazón. Un día, después de larga conversaciones, me dijo que necesitaba una tregua para pensarlo pero nunca me negó su cristianismo. Aquella noche la gracia surtió sus efectos. Al día siguiente, cuando nos reunimos en el patio, me dijo: -No sigas. Creo ya, con la fe ingenua con que creía cuando era un monaguillo de mi pueblo viviré mis últimos días en esta prisión así moriré pero nunca negare mi cristianismo ni a mi dios.

Entonces el sacerdote le aconsejo que si era así, su primer acto el debería en ponerse a bien con Dios. No quería que yo lo confesara y para dejarle más libertad en ese momento tan trascendental es entones que le mandé a don José Ignacio Marín, sacerdote joven, que solía confesar en un rincón del patio, paseando con los penitentes. Así lo hizo, y después noté en él una gran tranquilidad y una seguridad y alegría desconocidas. Le había desaparecido la preocupación religiosa que tanto le aterraban haberle fallado a su dios como ser como individuo en la noche se presentó en la cárcel un Comité que comenzó a hacer interrogatorios por las celdas. Aquélla noche salieron unos veinticinco presos...
No sé si venían directamente por él o al descubrir su verdadera personalidad se lo llevaron. Mi celda estaba encima del salón de actos donde se reunían los presos que sacaban para cargarlos en los camiones. A altas horas de la noche, no puedo precisar la hora, se sintió un tiro abajo, en el salón de actos, que por acción de la onda explosiva hizo vibrar todo el suelo de la celda. Yo no sabía lo que había pasado ni si lo habían sacado, porque vivía en una galería diferente a la de él. A la mañana siguiente un oficial de prisiones nos relató lo ocurrido. Al querer meter a Ramiro en el camión, éste se abalanzó a un miliciano, intentando cogerle el fusil y diciendo: -A mí me mataréis donde yo quiera y no donde vosotros queráis. Entonces otro miliciano le disparó un tiro a bocajarro y quedó muerto en el acto. Así murió Ramiro Ledesma Ramos. Abrazado a la espada como un Nibelungos, como un héroe. Pero también con espíritu cristiano, abrazado a la cruz y confortado y sostenido por la fe de Cristo.” Que los nacionalistas siempre no enrolamos a las causas de dios (los principios del amor al prójimo y el de servir a la comunidad) y para argumentar esta idea mas recuerdo que Humberto me dijo en esa carta extensa usted también debe leer a Martín Heidegger no puede dejar de lado sobre los inicios de su pensamiento es entonces que esto le ayudará a esclarecer, a su pregunta. Sobre el cristianismo y la religión usted entenderá como este hombre se crea en una atmósfera de estricta tierra católica que reinaba en el ambiente familiar, que impregnó la infancia y la juventud en este hombre. Sin porvenir de una familia ilustre, se crió en un hogar pequeño-burgués; en su casa no dominaban ni la necesidad ni la abundancia. Su padre era Friedrich Heidegger, un maestro tonelero y sacristán del pueblo y su madre Johanna, donde estos le transmitieron a su hijo una ferviente religiosidad. En un singular círculo católico haría que Heidegger se desempeñara luego como un Monaguillo en el templo de su tierra. Es entonces que éste fuera en su juventud un ferviente cristiano educado en magistrales instituciones católicas. Como alumno aplicado donde llamó la atención del párroco de San Martín, obteniendo la posibilidad de estudiar en las ya mencionadas instituciones, pero siempre como seminarista. Se habla incluso de su fallido intento de hacerse sacerdote, pues concibió el proyecto de ingresar a la Compañía de Jesús, la cual lo Otros hablan de una posible estadía, aunque mínima con esta comunidad religiosa es en esa época de su juventud realizo una amistad con sobresalientes teólogos: Conrad Gröber, Karl Barth y Karl Braig; estos, además de introducirlo en los grandes temas de la metafísica y de inducirlo al estudio de los grandes escolásticos, llegaron a hacerle considerar seriamente la tensión existente entre la ciencia del ser y la teología especulativa.
Fue con esta razón que escribió a kart Löwit en 1920: “soy un teólogo cristiano; en reiteradas ocasiones manifestó también que haría lo que sus fuerzas le permitiesen, con tal de realizar una determinación del hombre interior, justificando así, su existencia y tal acción al mismo Dios; así como aseveró con sorprendente seguridad que su filosofía era un estar a la espera de Dios es así que sus inicios se dan dentro de la doctrina católica, sin embargo, durante la década de los veinte, abandonaría parcialmente esta institución. Algunos sospechan que hasta los 27 años se mantuvo ligado al mundo católico. Heidegger, llegó a repudiar excesivamente la dependencia económica de la Iglesia, de la cual había sido objeto, más aún, se sentía humillado por aquella acciones que la iglesia no tomaba conciencia con dios .
Heidegger envía una carta a Engelbert Krebs el 9 de enero de 1919 manifiesta que no podía continuar adherido al sistema católico, refiriéndose con esto, al sometimiento a la autoridad de una Iglesia visible; sin embargo, pero nunca abandonaría su experiencia religiosa, Heidegger hasta el final de su vida continuó estudiando textos teológicos, siguió atentamente el debate sobre la infabilidad, desencadenado en el ámbito católico al comienzo de los años setenta y deseó expresamente un enterramiento eclesiástico
De esta manera se llega a la conclusión que Heidegger, no fue un filósofo que estuvo al margen absoluto de la religión, más bien, su pensamiento está influenciado en su gran mayoría por hombres que marcaron hito en el cristianismo, tanto católico como protestante: Santo Tomás de Aquino, San Agustín, Dionisio el Areopagita, el maestro Eckart, Francisco Suárez, Soren Kierkeegard y el mismo Lutero quien admiro, por ejemplo. Más aún, él mismo, dice expresamente: “sin esta proveniencia teológica jamás habría llegado al camino del pensamiento, proveniencia, para quien va más lejos, permanece siempre en el porvenir.
Para hacer esta aproximación lo más conveniente será escuchar al mismo Heidegger, en la cual se ambicionará en lo que respecta, dilucidar e ilustrar cómo las intenciones y proyectos juveniles en referencia directa hacia Dios, tienen resonancia en el último período de su pensamiento: La Kehre. Añádase al respecto que sus reflexiones estarán siempre determinadas por el propósito de la teología dialéctica: La diferencia entre el Dios de la filosofía, producto de la razón, un “dios ateo” y el Dios revelado. Así mismo, se notará la influencia de los presupuestos de la teología apofática: Dios no se muestra se esconde, de El, el hombre nada puede decir.
Luego de tanto escuchar a Ramiro Ledesma y martín Heidegger creo que me toca analizar el período de la Independencia de nuestra nación y entender como el nacionalismo y el cristianismo se combinaron, siempre esto temas analizaba con mi amigo Carlos Parra (caballero católico de la cruz) que mucho se intereso en buscar los inicios del cristianismo peruano...... Fue entonces que un día treinta de octubre de mil novecientos noventa seis siempre teníamos que hablar de Cristo para que nos guiara en hacer una política muy sana, y en ella marca las acciones cristiana que dios nos había marcado por nuestra formación muy católica desde que nos conocimos y que siempre nos encontramos ante un proceso sumamente ambiguo. Por que una parte, encontramos razones muy justificadas para desear el final en tender que nuestro padre celestial siempre esta en toda causa justa y buena en favor de su comunidad y los actos que deseamos involucrarnos es así que los trabajos y escritos Heidegger León Degrelle, San francisco de Asís, Don Bosco ayudaron a reflejar nuestra formación de hacer política nacionalista por estar mas revelada con los preceptos cristianos que nos formaron nuestros padres y el párroco de nuestro barrio como actuar en nuestra sociedad y posteriormente participar en política

Es entonces que ahí creo que todos entenderemos en nuestra historia como fue el dominio español en la época virreinal de. Juan Pablo Viscardo y Guzmán donde decía en su famosa Carta a los españoles americanos: «Tenemos esencialmente necesidad de un gobierno que esté en medio de nosotros para la distribución de sus beneficios, objeto de la unión social (y no un gobierno republicano formado por masones). Por otra parte, algunas de las posturas ideológicas que asumieron los que participaron en las luchas de Independencia de nuestra nación no siempre estaban de acuerdo con los principios sociales de la enseñanza cristiana, (liberales, republicanos, masones) y, por ende, no tomaban en cuenta todo lo que exige la dignidad del ser humano, ser llamado por Dios a vivir la justicia en el amor con todo los miembros de su comunidad. Este era el caso, por ejemplo, de algunas ideologías de corte liberal, que relegaban a un segundo plano la dimensión religiosa del hombre. Incluso había quienes postulaban un rechazo de toda la obra realizada por la Iglesia, (el amor al prójimo, la sinceridad, amor a la nación y la tierra) considerándola un instrumento político de la monarquía española (que había doninado décadas). Asimismo, había comerciantes (judíos y musulmanes) no cristianos quienes negaban a la Iglesia todo derecho de intervención en la vida pública (dejándose influenciar por el principio del hombre de libre relacionarlo con libertad), reduciendo la fe cristiana en mucho asunto meramente privado. No faltaban tampoco declaraciones anticlericales, laicistas y a veces declaradamente ateas (de algunos judíos masónicos que se habían afincado como grandes ilustres y sabios de nuestra sociedad). Esto se vería claramente, por ejemplo, en el caso del proceso de nuestra independencia, donde la masonería virulentamente anticlerical pondría serios obstáculos a la presencia de la Iglesia en la vida de la nación. (Esto luego será descubierto con el tiempo por algunos buenos peruanos de corazón (amor visceral por su país) que fueron desterrados incluso traicionados, perseguidos por amigos que solamente buscaban poder político ante del bien común y solamente su lucro personal de sus logias que crearon

Teniendo en cuenta todo este antecedente, se comprenderá la diversidad y actitudes por parte de los obispos del Perú frente al proceso de Independencia. Por un lado tomaron posición a favor de la causa española fray Hipólito Sánchez Ángel, franciscano, obispo de Maynas; José Carrión y Marfil, obispo de Trujillo, y Pedro Gutiérrez de Cos, obispo de Huamanga. Si bien éste último no apoyó la causa de la Independencia, tampoco la condenó, como sí lo hicieron los dos anteriores. Sin embargo, esta neutralidad no impidió que fuera expatriado al igual que los otros dos obispos. Aunque posteriormente se le dio autorización para regresar, no hizo esto nunca efectivo.

En cambio, el obispo de Arequipa, José Sebastián de Goyeneche y Barreda, y el obispo del Cuzco, el agustino José Calixto Orihuela, se plegaron abiertamente a la causa de la nación (antilegal.
Más interesante es el caso del arzobispo de Lima, Bartolomé María de las Heras. Estaba convencido de que debía quedarse en su diócesis para atenderla pastoralmente, sin importar quién gobernara políticamente. Por ello mismo, aunque veía grandes peligros en la causa emancipadora, le manifestó al general San Martín su deseo de mantener relaciones armónicas con el gobierno. Hizo todo lo que pudo por adaptarse a las exigencias del nuevo régimen, sin renunciar a los derechos que tiene la Iglesia en razón de su misión. Sin embargo, cuando el ministro Bernardo Monteagudo (anticleral) le puso exigencias en lo eclesiástico que resultaban inaceptables, se negó aceptarlas, con lo cual se produjo el rompimiento con el régimen. Las Heras debieron abandonar el país en noviembre de 1821 y viajar a España.

Por parte del clero secular tampoco hubo una actitud uniforme. Hubo también quienes estuvieron a favor de España y en contra de los independentistas, mientras que otros favorecían abiertamente la Independencia del Perú mediante diversas actividades: de difundir propaganda recibida de Argentina y Chile; como redactar manifiestos y proclamas y Hacer de capellanes; Ayudar material y moralmente a civiles y militares patriotas; Disuadir a los realistas y convencerlos de que debían pasarse a las filas patriotas des su nación de origen; auxiliar a los presos del Real Felipe y otras cárceles; Crear ambiente propicio a la Independencia. Sin embargo, todo ello se hizo, en la mayoría de los casos, dentro de una línea de conducta y dignidad que iba de acuerdo con el estado sacerdotal, sin intervenir directamente en las acciones de armas.

Resulta absurdo hacer aquí una distinción simplista entre buenos y malos, dada la ambigüedad de la causa independentista. Si queremos juzgar con imparcialidad, no podemos condenar a unos y otros por favorecer a tal o cual parte. De hecho, se trataba de una situación incierta y ambigua. Las autoridades representantes del dominio español se hallaban en buenas relaciones con la Iglesia, mientras que el nuevo régimen republicano traía un ambiente de inseguridad, donde militaban a la vez católicos fervientes al lado de personajes de ideas laicistas, indiferentitas y anticlericales, muchos de ellos pertenecientes a "logias masónicas" que habían sido condenadas por la Santa Sede. (Creemos que la iglesia no fue ni para el uno y el otro)De hecho, la Independencia dio paso a una época difícil para la Iglesia, a causa de gobiernos que, poco dispuestos a admitir la importancia de la fe y de la Iglesia en la vida social, pretendieron mantenerla bajo su dominio o simplemente arrinconarla en la sacristía, negándole injerencia en los asuntos públicos del país.
Fue un momento de ruptura, donde la nueva República fue deshaciéndose de las antiguas instituciones virreinales, frecuentemente sin hacer una adecuada valoración, para determinar si todavía podían ser útiles o proporcionar beneficios a la sociedad. Solamente el hecho de tener origen español descalificaba a estas formas e instituciones. De la iglesia

Los primeros problemas de la situación de la Iglesia durante los años de la República en el siglo XIX no fueron fáciles. Varios motivos contribuyeron a originar situaciones donde su desempeño no careció de obstáculos y dificultades. La mayoría de esos factores se sitúan dentro del contexto del rompimiento independentista respecto a España. Muchos obispos y sacerdotes debieron ir forzosamente al exilio, por hallarse identificados con la causa realista, lo cual devino en una insuficiencia de personal eclesiástico para la atención pastoral de los fieles cristianos. Por otra parte, la identificación que algunos representantes del gobierno republicano hacían entre España y la Iglesia creó no pocas dificultades para la presencia pública de la Iglesia en la vida social. Todo ello iba unido frecuentemente a una ideología liberal predominante entre gobernantes e intelectuales del nuevo régimen republicano, que consideraba lo religioso como un asunto exclusivamente privado en nuestros días y, por lo tanto, sin derecho a tener presencia en la vida pública. No olvidemos que la Iglesia siempre ha tenido reparos frente al liberalismo incluso ha sido condenado en varias encíclicas sociales de nuestro siglo—, porque propicia un individualismo que se olvida fácilmente de la caridad y la solidaridad con los demás y porque exacerba tanto la iniciativa privada, que los más débiles quedan a merced de los más poderosos; además, suele subordinar los valores religiosos a los económicos y políticos. Todo esto llevaba a actitudes de desprecio o subvaloración de todo lo relacionado con la Iglesia y sus representantes. Si bien este anticlericalismo no se plasmó en una persecución abierta y violenta —como fue el caso de México (Socialista), o como ha ocurrido también frecuentemente en la historia de España — (los falangista), si creó un clima poco favorable a la labor de la Iglesia. No nos hallamos todavía en la época de la separación de Iglesia y Estado, pero las ideas sostenidas por las elites intelectuales ya estaban preparando el camino, que culminaría en la Constitución Política de 1933, donde el Estado deja de profesarse católico, para declarar únicamente respeto hacia religión católica, por ser la mayoritaria en el país (la libertad de culto - donde se ve la mano masónica que siempre nos gobernó de crear credos diferentes para luego provocar divisionismos).

Si bien el Estado se fue desembarazando de muchas instituciones ligadas a lo hispánico, mantuvo el Patronato, no por afecto a la Iglesia precisamente, sino como medio de control y opresión. La Santa Sede se hallaba ante un serio dilema: conceder el Patronato a gobiernos de corte liberal conllevaba un riesgo bastante elevado para la autonomía de la Iglesia en esos países, además de significar un rompimiento con España, que vería con esa acción de la Santa Sede un reconocimiento por parte de ella de las nuevas Repúblicas surgidas en tierra americana. Por otra parte, la Santa Sede tampoco quería entrar en conflicto con los nuevos gobiernos, por el bien pastoral de los fieles cristianos en esos territorios. Pasarían varios años hasta que Pío IX concediera oficialmente al Perú el Patronato por medio de la bula Preclara inter beneficia, del año 1874. En la práctica, esto no añadió nada a la forma como se estaba manejando las relaciones entre el Perú y la Santa Sede, puesto que, aunque no reconocido, se habían regido de acuerdo a las normas del Patronato hasta ese entonces. El Perú mantendría este tipo de relación con la Santa Sede hasta el año de 1980, en que se firmó un Acuerdo, bajo el gobierno del General Francisco Morales Bermúdez.
En resumen, pasados los años de la Emancipación, la situación no era muy buena. Varias diócesis quedaron sin obispos; la cantidad de sacerdotes era reducida en relación a la cantidad de fieles que debían atender espiritualmente; comenzó a haber escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas; la educación católica era pobre e insuficiente; el ambiente civil se vio dominado por el laicismo, y el liberalismo y la masonería tomaron impulso, fomentando una mentalidad que tendía a prescindir de la Iglesia en la vida pública, relegándola a los templos y la sacristía.
A esto hay que añadir el empobrecimiento económico que originó en la Iglesia las guerras de Independencia. Tanto los realistas como los patriotas obtuvieron, ya sea voluntariamente, ya sea a la fuerza, imponiendo contribuciones, los bienes que pertenecían a las diócesis, parroquias e instituciones eclesiales. Incluso los bienes raíces pasaron a otras manos ajenas a la Iglesia. Fue común la confiscación de los bienes pertenecientes a la Iglesia. Las fuerzas armadas de Bolívar, por ejemplo, llegaron a requisar en el Norte del Perú una cantidad de plata equivalente entonces a medio millón de pesos. La guerra con Colombia significó también un número cuantioso de contribuciones obligatorias, a las que se sumó las de otras disposiciones gubernamentales a lo largo del siglo XIX.
A cambio, muy poco fue en lo que el Estado ayudó a la Iglesia. Eso contribuyó a que, junto al desprecio y burla con que se miraba el ejercicio del sacerdocio, tampoco resultara muy atractiva una ocupación que no contaba con los medios adecuados de subsistencia para una vida digna. Si bien el sacerdocio no tiene una finalidad lucrativa, de hecho merece una remuneración mínima para la subsistencia digna del candidato. Este fue uno de los factores que dieron como consecuencia el que muchas parroquias no contaran con sacerdotes que las atendieran. Esta falta de personal eclesiástico es uno de los males que se ha arrastrado a lo largo de la vida republicana del Perú, sin que la situación se haya solucionado del todo hasta ahora.

Es así como Hemos visto cuáles fueron en general las actitudes de los nuevos gobiernos republicanos respecto a la Iglesia. La situación descrita anteriormente dejó al territorio peruano sin obispos que pudieran encargarse de sus diócesis, en una situación que se prolongaría por largos años. Faltando quienes realizaran la labor directiva en las funciones de gobernar espiritualmente, enseñar y santificar por medio de la administración de los sacramentos, no puede decirse que la Iglesia pudiera desarrollarse normalmente durante esta etapa convulsionada. La misma España agravó la situación, puesto que movió influencias en la Santa Sede para que no se nombrase nuevos pastores para las diócesis vacantes.
Después de la partida del obispo Las Heras, el deán Francisco Javier Echagüe asumió el gobierno eclesiástico de Lima como Vicario General, no siendo obispo. Todas las demás diócesis se hallaban en la misma situación, bajo la administración de prelados que no habían sido ordenados obispos. Sólo Arequipa y Cuzco estaban gobernados por sus obispos, Goyeneche y Orihuela. Éste último, sin embargo, ya estaba anciano y enfermo, teniendo que retirarse de su diócesis en 1825 para pasar en Lima los últimos años de su vida. De esta manera, el único obispo en actividad y con pleno uso de sus facultades que quedó en todo el territorio que abarcaba el Perú, parte de Bolivia, Chile y Ecuador, era monseñor Goyeneche. Esta situación duró hasta el año 1834.

Podemos decir, pues, que durante este período, iniciado con la Declaración de la Independencia del Perú en el año 1821, la Iglesia tuvo como problemas fundamentales la escasez de obispos; el hecho de las iglesias administradas por eclesiásticos de jurisdicción dudosa, impuestos por el gobierno o elegidos sin autorización por los cabildos eclesiásticos (podemos decir tipo OPUS DAI); y, junto con eso, otro mal que se venía arrastrando desde el siglo pasado: la relajación de los religiosos, que buscaban más los beneficios y el provecho que iban unidos a los cargos antes que dar testimonio del Evangelio, además de otros vicios peores. Una de las mayores dificultades de esta época fue la dificultad para encontrar alguna forma de vincularse con Roma, y esto debido a la inestabilidad de los nuevos gobiernos.

Luego de muchas gestiones, resultantes de arduos esfuerzos, se consiguió que el 23 de junio de 1834 Gregorio XVI nombrara como obispo de Lima a Jorge Benavente, no sin protestas por parte del gobierno, que aducía que se había ido contra ciertos procedimientos del Patronato, al cual el Estado tenía derecho. En los años siguientes también fueron nombrados obispos para Trujillo (Monseñor Tomás Diéguez, 24 de julio de 1835) y para Chachapoyas (Monseñor José María Arraiga, 7 de septiembre de 1838). De esta manera, se daba inicio al restablecimiento del gobierno pastoral, tan necesario para una buena marcha de la vida católica en el Perú. Sin embargo, no por ello dejaron de faltar fricciones entre Iglesia y Estado, muchas de ellas por motivos insulsos o por simple espíritu de animadversión por parte de los gobernantes civiles.
Los nombramientos de obispos resultaron ser en general fuente de tensiones y conflictos. El gobierno español presionaba continuamente para que los asuntos americanos fueran relegados, por lo cual la Santa Sede se veía en la obligación de proceder con prudencia, lo cual demoraba las decisiones. Aun así, Roma veía la necesidad de atender a los fieles católicos de las nuevas naciones americanas y buscaba la manera de saltar por encima de las presiones políticas sin producir enfrentamientos abiertos. En 1853 la Santa Sede reconoció al Perú como Estado independiente, cuando nombró a Agustín Guillermo Charún como obispo de Trujillo.
Ya desde 1840 se había solucionado el problema de las sedes episcopales vacantes. Además se creó la diócesis de Chachapoyas, con la antigua región de Maynas. Posteriormente también se agregaron los obispados de Puno (1861) y Huánuco (1866). De esta manera, en el momento de la Guerra del Pacífico, el Perú contaba con las siguientes diócesis: Lima, Arequipa, Cuzco, Trujillo, Huamanga, Chachapoyas, Huánuco y Puno.
Sin embargo, este restablecimiento de la situación eclesiástica no significó necesariamente una revitalización de la práctica del catolicismo. Los males que se venían arrastrando desde el siglo anterior se tradujeron en un ambiente de mediocridad y decaimiento, dónde son pocas las figuras que resaltan por su adhesión vital a los principios católicos. El P. Armando Nieto, S.J., describe así la situación: «Parroquias abandonadas; dispersión y exclaustración de religiosos; irreligiosidad en muchos de los dirigentes civiles y militares; empobrecimiento de las iglesias locales; relajación de frenos éticos (la procacidad de la prensa, la falta de respeto a las personas excedió los límites del decoro), intromisión del poder civil en asuntos eclesiásticos; filosofismo racionalista y anticlerical, son algunos de los factores que afectaron negativamente la marcha de la Iglesia en el Perú».

En nuestro Perú hubo grandes herejes, sí hubo autores de poca monta que se dedicaron a criticar creencias y prácticas de la Iglesia. La mayoría de ellos han pasado al olvido y sus ideas carecen de actualidad. Entre ellos, hay cuatro que merecen ser muy mencionados: Manuel Lorenzo de Vidaurre, Benito Laso, Francisco Javier Mariátegui y Francisco de Paula González Vigil.

Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841) escribió un Proyecto del Código Eclesiástico donde acumula proposiciones extravagantes de legislación y disciplina eclesiástica, candidatos al episcopado, celibato (y matrimonio) de los clérigos, confesión sacramental, órdenes religiosas. Muchas de estas ideas ya las había desarrollado en su Plan del Perú (1810), donde, junto con observaciones acertadas, mezcla disposiciones absurdas y estrafalarias, que revelan, en el trasfondo, la intención de subordinar los asuntos eclesiásticos al poder del Estado. El mismo Vidaurre se dio cuenta posteriormente de los sinsentidos que había postulado y escribió una insuficiente retractación con el título de Vidaurre contra Vidaurre, obra que fue calificada como herética por el arzobispado.
Benito Laso (1783-1862) fue un liberal que atacó a la Iglesia en El Sol del Cuzco y enEl Censor Eclesiástico, y es recordado porque polemizó periodísticamente con Bartolomé Herrera sobre el tema de la soberanía popular.
Francisco Javier Mariátegui (1793-1884), fundador de la masonería en el Perú, también se oponía a la autonomía de la Iglesia y se oponía decididamente a que se estableciera un Concordado con la Santa Sede, así como a cualquier medida que significara mayor influencia de la jerarquía eclesiástica y de las órdenes religiosas. Por motivo de haber llegado a ostentar el cargo de Gran Maestre de la masonería, a su muerte hubo un conflicto entre las logias y la autoridad arzobispal, dado que ésta se negaba a darle sepelio cristiano al difunto. (Creemos que se lo merecía por anti cristiano presumimos que vio a Cristo ante de morir) No olvidemos que la masonería está marcada en sus orígenes por una actitud anticlerical que se ha manifestado en otros países, como México, en una persecución declarada contra la Iglesia.
Francisco de Paula González Vigil (1792-1875), sacerdote, ingresó en la actividad política y adoptó ideas liberales que, a la vez que tendían a una sujeción de la Iglesia al Estado, se plasmaba en una actitud de recelo y crítica frente a la autoridad eclesiástica, incluso la del Papa. Adhiriéndose a posturas racionalistas, poco a poco su fe comenzó a tambalear, llegando a una reinterpretación subjetiva de las enseñanzas cristianas. De esta manera, niega la intervención sobrenatural de Dios en los asuntos humanos (deísmo), se opone al dogma de la Inmaculada Concepción, llega a rechazar la autoridad del Sumo Pontífice y defiende abiertamente la supremacía del poder civil sobre el eclesiástico. El mismo Vigil describe así su evolución ideológica, en un tono optimista: «Desde que vine a la capital de la República, después de conseguida la Independencia, nuevo teatro, nuevas ideas me iban transformando poco a poco. Mi espíritu recorría otros espacios: dejé en libertad mi razón, este inapreciable don de Dios, pensé y vi, medité, me desengañé, y no quise apagar la luz que a muchos serviría». En 1851 el Papa Pío IX introdujo en el Índice, catálogo de obras condenadas por la Iglesia, una que tenía por autor al clérigo peruano. Éste no se retractó, sino, más bien, se reafirmó en su rebeldía y persistió en su actitud antirromana. Cuando murió, el 9 de junio de 1875, se congregaron en su sepelio representantes de grupos contrarios a la Iglesia, entre ellos, de la masonería, cuyos miembros habían estimulado al heterodoxo peruano para que siguiera escribiendo (creemos que siempre fue un masón infiltrado en nuestra iglesia católica y lo perdonamos por su acto de traición).
Como figura destacada del catolicismo decimonónico en el Perú tenemos a "Bartolomé Herrera", eclesiástico de indudable calidad intelectual. Fue maestro y rector del Convocatorio de San Carlos en los años que van de 1845 a 1851. Fue también parlamentario, ministro de Estado y obispo. Destaca como un eminente pensador y polemista, principalmente a través de la publicación que él mismo fundara en 1855, El Católico. Con una preparación filosófica y teológica sólida, combatió los errores del liberalismo imperante, heredados de la Revolución Francesa, y a la teoría de la soberanía popular opuso lo que él mismo denominó la soberanía de la inteligencia.
Herrera fue encargado de preparar el camino para un Concordado, pero las circunstancias políticas locales impidieron que el intento llegara a concretarse. Herrera fue presidente de los parlamentarios encargados de redactar la Constitución de 1860; y, finalmente, fue obispo de Arequipa hasta su fallecimiento, el 10 de agosto de 1864.

No todo lo malo debo resaltar también se debe mencionar a Mons. José Antonio Roca y Boloña, promotor de la prensa católica, colaborando en publicaciones como El Católico (1855-1860) —fundado por Bartolomé Herrera— y La Sociedad (1870-1880), de Don Pedro Calderón. Junto con Manuel Tovar, fundó El Progreso Católico, en 1860, y El Bien Público. Esta publicación, aparecida por primera en 1865, dejó de editarse en 1866 debido a un incidente con la autoridad política. Bajo influencias liberales, se promulgó un Reglamento de Policía que prohibía, en uno de sus artículos, que se sacara el Santo Viático por las calles la ciudad, ocasión en que el pueblo fiel, con una vivencia intensa de la piedad eucarística, acompañaba con palio, campanillas y acompañamiento de música al sacerdote que llevaba la comunión a un enfermo El arzobispo Goyeneche hizo oír su protesta ante esta medida por intermedio de Mons. Tordoya, Deán del Cabildo, y el Presidente y Dictador General Mariano Ignacio Prado suprimió el artículo. Sin embargo, la protesta de los redactores de El Bien Público continuó y se hizo extensiva también a otros artículos que iban contra la Iglesia. La respuesta gubernamental fue esta vez el aprisionamiento de Roca y Boloña, Tovar y otros tres párrocos diocesanos que también elevaron su voz de protesta. Embarcados en una nave de guerra en el puerto de El Callao, iban a ser enviados al destierro, cuando el arzobispo Goyeneche intercedió por ellos ante Prado, logrando que se les devolviera la libertad. Pero esto significó el cierre definitivo del periódico católico, cuyo último número lleva fecha del 17 de junio de 1866. Sin embargo, conociendo por estos sucesos la firmeza de Roca y Boloña en la defensa de la fe, el por entonces Presidente del Ecuador, Gabriel García Moreno, lo propuso para el obispado de Guayaquil, ofrecimiento que él declinó.
Realizó junto con su amigo, el diácono Manuel Tovar, un viaje a Roma, donde se entrevistó personalmente con el Papa Pío IX, quien lo nombró prelado doméstico suyo. De regreso al Perú, siguió desempeñando su ministerio sacerdotal. En 1870 le fue confiada la Provisoria de la curia eclesiástica. Durante el gobierno de Manuel Pardo fue designado miembro de la comisión encargada de elaborar el Reglamento General de Instrucción. En el desempeño de este cargo, logró evitar que los bienes del Seminario pasaran a la Caja de la Universidad. Discrepancias con el gobierno y con otros miembros de la comisión lo llevaron finalmente a retirarse de ella.
Mons. Roca y Boloña desempeñaría luego un importa papel durante la Guerra del Pacífico, lo cual mencionaremos en el lugar adecuado.

También debemos admitir que hubo una labor de la Iglesia durante la Guerra del Pacífico (1879-1883), una de las peores crisis que sufrió el Perú en su historia, fue una ocasión en que la Iglesia en el Perú manifestó su honda preocupación social, no solamente a través de enseñanzas y exhortaciones, sino también mediante ayuda concreta. El entonces arzobispo de Lima, Monseñor Francisco Orueta y Castrillón, en una carta pastoral, dispuso que se hubiera de realizar «una colecta para los gastos de la guerra, en la cual tomarán parte, según sus recursos, todos los curas y sacerdotes de nuestra jurisdicción, que pueden hacerlo; como igualmente las instituciones religiosas y establecimientos piadosos». La nueva Vicaría General del Ejército, dirigida por el presbítero Antonio García, se encargó de enviar capellanes al escenario de las operaciones bélicas. Las ambulancias de la Cruz Roja fueron organizadas por Monseñor José Antonio Roca y Boloña, quien, al frente de este servicio, no vaciló en protestar ante el Comité Internacional de la Cruz Roja en Suiza por el atropello cometido por los soldados chilenos al atacar los hospitales de sangre en la batalla de San Francisco (noviembre de 1879), contraviniendo así el derecho de guerra, consignado en los pactos internacionales sobre hospitales de sangre. Debido a su enérgica denuncia de ésta y de otras injusticias que pisoteaban el respeto debido al vencido, cuando el ejército chileno ocupó Lima (enero de 1881), Mons. Roca y Boloña optó por refugiarse en la serranía para evitar las represalias en su contra. Con la firma del Tratado de Paz de Ancón (20 de octubre de 1883) y el retiro de las tropas chilenas de la capital peruana (enero de 1884) pudo regresar a Lima. Convocado al Congreso Constituyente para aprobar la paz, fue elegido diputado por la capital; partidario de la paz, aun a costa de un doloroso sacrificio, hizo que los ánimos se resignaran a la cesión de territorio peruano que eligió el vencedor.
Durante la guerra, aunque muchos de los capellanes realizaron una labor abnegada, incluso algunos de ellos llegando a ser hechos prisioneros o muriendo a causa del furor del enemigo, sus esfuerzos no siempre fueron apreciados por algunos jefes y oficiales del Ejército etnocacerista peruano, adictos a un anticlericalismo de origen liberal (formación masónica como siempre los católicos dando la otra Mejía).
Luego de la ocupación de Lima por los chilenos, muchos sacerdotes prestaron ayuda desinteresadamente en los hospitales de sangre de San Pedro, la Exposición, Santa Sofía, San Bartolomé y otros. Además, acudieron a la isla de San Lorenzo para auxiliar a los prisioneros peruanos que habían sido repatriados por Chile. En las siete parroquias de Lima (la Sagrario, Santa Ana, Huérfanos, Cercado, San Marcelo, San Sebastián y San Lázaro) se siguió prestando ayuda espiritual y sacramental a los fieles, pero, además de esto, unas 60 casas particulares obtuvieron permiso para tener misa en oratorios privados.

La política seguida por el gobierno chileno en los territorios ocupados intentó en 1901 reemplazar a los curas peruanos por otros de nacionalidad chilena, pero, al no obtener esto de la Santa Sede, se procedió a la expulsión de los clérigos peruanos de los territorios de Tacna y Arica. Los sacerdotes salieron de sus parroquias llevándose consigo a Arequipa los libros parroquiales. En un momento dado Chile no respetó la jurisdicción eclesiástica cuando pretendió crear una Vicaría General castrense en la zona en litigio, ante lo cual respondió Monseñor Mariano Holguín, obispo de Arequipa y responsable eclesiástico con autoridad sobre Tacna y Arica, poniendo en entredicho todos los templos de los territorios mencionados. Luego del Tratado de Lima de 1929, los clérigos peruanos pudieron regresar a las provincias de Tacna y Arica. Mientras los masones peruanos negociaban con los masones chilenos formalmente entre copas y vinos hay que destacar la labor de nuestra iglesia como muy nacionalista (por su vinculación con la creencias y tradiciones) y es por eso nuestra relación con el cristianismo y amor a nuestra santa patrona Santa Rosa de lima por eso los nacionalista peruanos ante de inmolarnos a una causa somos marcados con una cruz Cristina en el pecho como marca. Sobresaliendo siempre el color de la bandera. Y no vincularnos con cualquier ateo de una ideología de una estrella o un martillo satánico masón o un trapo rojo

A pesar de la presencia de la ideología liberal en entre los hombres que rigieron el destino del Perú a lo largo del siglo XIX, también hubo intentos por parte del laicado para hacer valer su presencia en el ámbito intelectual y en la vida social. El anticlericalismo manifestado por los liberales nunca llegó a los mismos extremos que en otras naciones, donde hubo, como en el caso de México, una persecución abierta contra la Iglesia. Si bien hubo bastante vociferación y proclamas abiertas de lucha contra la Iglesia, la sangre nunca llegó al río. Aun así, los liberales lograron, en la segunda mitad del siglo XIX, la eliminación del diezmo (impuesto a beneficio de la Iglesia), pero no la separación de Iglesia y Estado. Con el fin de presentar una respuesta a esta ideología anticlerical, y combatir también una especie de indiferencia religiosa generalizada, el obispo de Huánuco, Manuel Teodoro del Valle, propuso la formación de una asociación para defender a la Iglesia, que se plasmaría en la primera asamblea general de la Sociedad Católico-Peruana, reunida en abril de 1868 en la iglesia de San Francisco en Lima. Se trataba de una iniciativa donde el grueso de los participantes eran laicos católicos, y donde los clérigos sólo tenían la función de asesores y moderadores. Ese año se fundó filiales de la Sociedad en Puno, Arequipa, Huánuco, Cuzco y otras ciudades. Esta asociación se distinguía de las demás asociaciones de laicos como las cofradías, congregaciones patronales, etc. en que buscaba no solamente un fin estrictamente religioso, sino la defensa de la Iglesia en el ámbito temporal, buscando una presencia en las decisiones políticas que afectaban la vida eclesial.
Esta tentativa de presencia laical católica no llegó a prosperar. Luego de la pronta desaparición de la Sociedad Católico-Peruana, se fundó la Unión Católica para Damas y Caballeros, que fue la asociación laica más importante del Perú desde finales del siglo XIX hasta comienzos del XX. El Consejo Central de la Unión se instaló en Lima en agosto de 1888. También encontramos en Arequipa una Unión Católica para Mujeres, que se propuso en particular ayudar a los misioneros en la selva y socorrer a los pobres y a mujeres en situación difícil, y una Unión Católica para hombres en el Cuzco.
Es necesario mencionar también las publicaciones católicas que se realizaron durante este período, donde hubo también una activa participación de los laicos al lado de los clérigos. Además de los ya mencionados El Católico (fundado en 1855, por Bartolomé Herrera), El Progreso Católico (fundado en 1860 por Manuel Tovar y José Antonio Roca y Boloña), El Bien Público (fundado por los mismos), hay que añadir La Sociedad (que apareció entre 1870 y 1879) y La Revista Católica (aparecida en Arequipa entre los años 1877-80). De aquellas publicaciones que se prolongaron hasta este siglo, cabe mencionar El Deber de Arequipa (1890-1962), El Diario del Cuzco, El Bien Social (órgano de la unión Católica) y El Amigo del Clero (1891-1967), revista oficial de la arquidiócesis de Lima.
En 1896 fue convocado por la Unión Católica el «Primer Congreso Católico del Perú», que contó con la asistencia de más de 300 delegados de ambos sexos. Se discutió la forma de neutralizar los ataques de las posturas anticlericales, especialmente de la masonería, y se condenó la creciente propaganda protestante. Aunque no se tocó explícitamente el tema de la por entonces novedosa encíclica social de León XIII, la Rerum novarum, se mencionó las ideas sociales del Papa y se planteó una serie de iniciativas para plasmar en el ámbito social los principios de la enseñanza de la Iglesia sobre este punto. Se pensó en una cantidad de medidas para mejorar la situación de los trabajadores, las mujeres necesitadas y los indígenas, se exhortó a los propietarios de haciendas y minas a velar por el bienestar de sus trabajadores, y se resolvió crear escuelas nocturnas y dominicales para los indígenas. El Congreso también propuso la instauración de filiales de la Unión Católica en los lugares donde no aún no se había fundado, y la creación de Círculos de Trabajadores Católicos en todo el Perú. Si bien no hubo una plasmación concreta duradera de estas iniciativas, este congreso testimonia la preocupación social que había entre los católicos del siglo XIX.
Entrado el siglo XX encontramos en los ámbitos intelectuales, actitudes y posiciones incompatibles con la fe cristiana. Imperaba el positivismo, doctrina que privilegia en exceso el conocimiento científico y que considera todas las manifestaciones de lo religioso como expresiones de la mentalidad de los pueblos primitivos. Posteriormente, a estas doctrinas se sumaría el socialismo marxista por medio de José Carlos Mariátegui, y el pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, que tiene influencias K. Marx y de los anticlericales del siglo XIX (Francisco de Paula González Vigil) que comenzaron muy bien pero terminaron persuadidos por esta doctrinas que luego perjudicarían al estado y la nación por no estar influenciado por pensamientos cristianos, nacionales.
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Esta oposición a la Iglesia se manifestó abiertamente con ocasión del intento del arzobispo de Lima, Mons. Emilio Lisson, de consagrar el Perú al Sagrado Corazón de Jesús en 1922. Hubo en los medios periodísticos una oposición, liderada por Clemente Palma, hijo del tradicionalismo Ricardo Palma. Este periodista, de ideas anticlericales al igual que su padre, es autor de la obra Cuentos malévolos, en algunos de los cuales introduce imágenes literarias que llegan hasta el punto de la ofensa y la blasfemia contra Jesús, el Hijo de Dios. Los artículos escritos por el periodista limeño en esta ocasión fueron acogidos con regocijo por los intelectuales y estudiantes positivistas de la Universidad de San Marcos, quienes organizaron una marcha de protesta, que tenía, además, un marcado carácter político, puesto que identificaban a la autoridad eclesiástica con el gobierno del dictador Leguía. La manifestación de los positivistas anticlericales obtuvo el fin que se proponía, llegando a impedir el acto religioso.

Sin embargo, también se ha dado en el Perú algunas grandes figuras del intelecto que se convirtieron al catolicismo y desarrollaron un pensamiento en conformidad con los principios de la doctrina cristiana. Hay que mencionar en primer lugar a Víctor Andrés Belaúnde, quien pasó desde una " fase anti-religiosa, pasando por un proceso de conversión, a un retorno a los principios del catolicismo", que lo llevó a ser un declarado defensor de la fe cristiana hasta el momento de su muerte en 1966 (mucho influyo sus viajes a Italia, España y Alemania donde se convecino de la relación del cristianismo con la política justa para algunos algo satánico como el fascismo y el nazismo). Sus principales obras son Peruanizad, La realidad peruana (en la cual polemizó con los Siete ensayos de José Carlos Mariátegui), Meditaciones peruanas, El Cristo de la fe y los Cristos literarios y La síntesis viviente.

José de la Riva-Agüero, dedicado más que nada a los estudios históricos, fue uno de los intelectuales que fomentó también una aproximación a los problemas nacionales a partir de las raíces católicas nacionalista. Su labor se desarrolló principalmente en la Universidad Católica, fundada en 1917 por el P. Jorge Dintilhac, sacerdote francés de los Sagrados Corazones.este escritor también nos relata su experiencia vividas en Alemania en su ideario político

José Luis Bustamante y Rivero también destacó por sus ideas católicas y por su deseo de llevar a la práctica los principios de la enseñanza social de la Iglesia e iluminar a partir de ellos la problemática peruana pero luego cayo influenciado por amigos que no estaban comprometidas a las causas cristiana y no fue Víctor Raúl Haya de la Torre.

También se debe mencionar los esfuerzos por llevar adelante la iniciativa de la Acción Católica, que había recibido un impulso decisivo de parte del entonces Pontífice reinante Pío XI. Esta forma de propiciar el apostolado laical consistía en agrupar a los laicos bajo la asistencia de los obispos y el clero, para que colaboraran de acuerdo a su propio estado de vida con la labor pastoral, dentro de las actividades del mundo. Fueron Mons. Mariano Holguín, obispo de Arequipa, y Mons. Pedro Pascual Farfán, obispo del Cuzco, quienes dieron un verdadero impulso para la formación de la Acción Católica en el Perú. Cuando Mons. Emilio Lisson tuvo que renunciar a la arquidiócesis de Lima por presiones políticas, puesto que se lo consideraba vinculado al régimen del ex-dictador Augusto B. Leguía, Mons. Holguín fue nombrado administrador apostólico de Lima, labor que realizó durante algunos años antes de asumir el obispado de Arequipa. Fue entonces, en el año de 1935, que, junto con Mons. Farfán, tomó la iniciativa de convocar un Congreso Eucarístico Nacional, con el fin de revitalizar la fe de los católicos peruanos y fomentar la aparición de un laicado comprometido y militante. Durante casi un año, las parroquias y las diversas organizaciones católicas se prepararon para el evento, el cual tuvo un éxito indiscutible, llegando a tener una asistencia de aproximadamente 100,000 hombres y 100,000 mujeres durante los cuatro días que duró. En ese momento la población de Lima oscilaba entre los 330,000 y los 500,000 habitantes. También participaron las dos ramas de la Unión Católica, la Acción Católica de la Juventud Femenina, la Federación Arquidiocesana de Jóvenes y otros grupos. Durante este Congreso se creó formalmente la Acción Católica en el Perú como organización nacional. Se propuso impregnar de contenido cristiano la familia, la universidad, la profesión, el mundo del trabajo.

Para aclarar nuestro panorama actual cristiano siempre se tocara al nacionalismo con el cristianismo sobre la Segunda Guerra Mundial, el Papa Pío XII, aparentemente fue un antisemita (según la comunidad judía) radical, muchos dicen que rezó para que el Eje ganara la Segunda Guerra Mundial (mentira muy déspota) nadie va negar que lo hizo como una forma de frenar el socialismo soviético judío maligno que provoco todo esto que financio en todo el mundo la ideología anti cristiana que destruía su iglesias católica y mataba a sus fieles que fue financiado por grandes financistas judíos.
Al papa Pío XII se le acuso de anticomunista, racista y judeofóbico (y antimasónico), también anti afrofóbico. Que al terminar la guerra muchos afirman que pidió a los estados unidos que no enviara negros a Italia, Francia, Alemania.
El Papa Pío XII ( es muy odiado por los judíos), no se le olvida que firmó el tratado de paz entre el Vaticano y la Alemania Nacionalsocialista, y con ello, como el propio Hitler dijo; “la Iglesia Católica reconoció al Estado Nacionalsocialista” no como aliada si no todo lo contrario nunca fue parte de nacionalsocialismo todo lo que se dice es falso fue neutral todos saben y también hay que entender que Hitler fue muy católico a pesar que fue también muy místico también sus grandes biógrafos afirman que este personaje satánico tenia un respeto a la divinidad y la iglesia por su formación cristiana católica capas que los judíos no entienda eso de la divinidad y el padre nuestro, el hijo, la trinidad porque nunca quisieron entender al católico alemán, ni entenderán nuestra devociones a dios cuando nos dicen que somos los impuros , creen que somos sectarios malos, asesinos, inhumanos .

Tal vez de haber ganado la Guerra el Tercer Reich, de la mano Hitler capas también se pudo haber arcaizado la Iglesia Católica (eso suena muy estúpido), erradicando de ella sus preceptos humanos, son los historiadores falso que escriben malas virtudes contra este papa que tuvo cualidades humana y conoció las cartas de la virgen María y guardo con celos los secretos…. lo que pasa los judíos no le van perdonar su actitud de apoyo donde siempre fueron expulsado (Croacia, Alemania, Polonia, Italia, España, Portugal. Ucranianos, Finlandia, ) que hicieron un eje contra una comunidad no católica (Rusa judía, americana ortodoxa judía, Inglesa anglicana) fue para el papa Pío XII muy trágico lloro la guerra del mundo eso lo saben los historiadores neutrales nadie pueden cuestionar sus milagros y su pureza santa fue triste no saber detener este suceso mundial incluso alguno lo culpan de fomentar y apoyar las causas de Adolfo Hitler pero siempre habrá una verdad y esa verdad la sabe dios y no cualquier pillo que puede manipular la honradez de este hombre de dios y decir que fue un santo con cola de demonio eso es faltarnos el respeto a los nacionalista que amamos a dios y el cristianismo como principio

Tras la muerte de Pío XII llega al poder Juan XXIII, quien era masón y rosacruz. Pero no de la Orden Rosacruz clásica, la del esoterismo germánico y cristianismo gnóstico. No. Era de las modernas organizaciones rosacruces de matices masónicos. Este masón se ufanaba de tener amigos comunistas (estuvo en Bulgaria, Turquía). Llamó al Concilio Vaticano II, que comenzó el famoso “ecumenismo”, particularmente el de mejorar las relaciones con los hebreos y otras religiones.
Le siguió Pablo VI, que finalizó el Vaticano II inconcluso por la muerte de Juan XXIII, en 1967. Luego llegó el Papa Juan Pablo I, abiertamente muy marxista, estas son algunas de sus declaraciones

“El marxismo tiene el mérito de tener los ojos abiertos sobre los sufrimientos del obrero”, “La propiedad privada no constituye un derecho inalienable y absoluto de nadie. Los pueblos tienen hambre e interpelan a los opulentos. Nadie tiene el derecho de poder usar los bienes para su propio beneficio”. “Oprimir a los pobres, escatimar el justo salario al obrero, son pecados que claman venganza a los ojos de Dios” (23 de septiembre de 1978). Estas declaraciones aterraron mucho al vaticano y Juan Pablo I murió asesinado como ya se ha comprobado (la autopsia Mostró que le fue dada una medicina contraindicativa para los que sufrían de presión alta como él. Ya que el Papa tiene los mejores médicos del mundo, es imposible que el suministro de esta medicina fuera accidental). El mismo Juan Pablo I, prediciendo su muerte, declaró: “siento que pronto moriré y mi sucesor será el extranjero (esto también lo había predestinado padre Pió)...”. Tras su homicidio, Juan Pablo I fue sucedido por el polaco Carol Wojtila, alias Juan Pablo II, el actual Papa, de origen judío. El actual Papa no sólo es filosemita al extremo, al disculparse por las persecución de la Iglesia a los judíos “los hermanos mayores del cristianismo”, (curiosamente no se ha disculpado por la persecución a místicos arios como cátaros, templarios y rosacruces clásicos). Además, es el primer Papa en viajar a Israel en pleno reconocimiento del Estado Pirata Sionista y el que negó la canonización de Pío XII es de preguntarse que hay de tras de nuestra iglesia y no patear el tablero si no todo lo contrario como Lutero fortalecerla cada día mas y mas y no criticarla si no enseñar los errores todo somos humanos y debemos entender las verdades y corregir los errores.















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